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Viñas en otoño 1957 – Antonio López Torres

Las tardes de domingo tienen mucho de melancólicas y gandulas. Están hechas para languidecer con el pecho presionado, románticamente, en el sofá, viendo películas en blanco y negro y regodeándonos en nuestra angustia vital. Suenan al pitido de Radio Gaceta de los Deportes, con el ruido de la onda media de fondo.

Pero contraviniendo todo eso, esta tarde de un domingo cualquiera, vamos a Talavera de la Reina (por donde traza el Tajo su curva de ballesta), provincia de Toledo, a llevar a nuestra hija Mari Carmen.

La luz de esta tarde es más blanca, menos amarilla, más mustia. Salimos de Tomelloso escuchando Adiós Nonino de Piazzolla, el bandoneón suena triste y melancólico, de tarde de domingo. El cielo parece pintado con tizas de colores, eladiano, escueto y sencillo. Los trazos de las nubes tienen algo de infantil. El Guadiana va lleno. Los chopos de La Alameda de Cervera se ven amarillos, parecen las hojas de una libreta. Suena el Adagio para Cuerda de Barber, dejando el coche sin aire, machacándolo todo y presionando el pecho, aún más si cabe.

Al pasar por Alcázar se ven los molinos eternamente reformados. Sobre el cerro, albos y mirando al mediodía, parecen sacados de una postal. Antes había un polvorín y luego una discoteca de esas con reservados oscuros para arrimar.

—¿Cuántas espuertas de tierra tiene el cerro de Alcázar?

—Una.

La Pavana de Faure va sonando, melancólica y dominical ya en la provincia de Toledo, el paisaje es ocre, las viñas han perdido la pámpana, de vez en cuando se ven manchas verdes de alguna ricia. Todo parece un cuadro de López Torres, fuera hace calor. En Consuegra mataron a Diego Rodríguez, el hijo del Cid. En una televisión, de aquellas que abundaban antaño tanto, oí nombrarlo como Diego Díaz, claro, ¿cómo no va a tener el mismo apellido que el padre?

La Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninoff retumba entre los olivares de Mora. Los olivos cargados tienen una fuerza extraña, de choque, de dolor de parto, de último aliento. Son como animales vivos que surgen de la tierra. Vieron llorar a Nuestro Señor Jesucristo: “Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Suena un Canon de Pachelbel con instrumentos y tempo antiguos mientras cruzamos Toledo. Parece aposta. La versión es alegre y poco alambicada, con ritmo barroco que hace que uno baje y suba la cabeza acompasadamente mientras conduce. La ciudad es una joya, a un tiro de piedra.

Llegando a Torrijos la Milonga del Ángel gime apesadumbrada y triste, siguiendo el espíritu de la lista musical empática con el sentir y el ánimo de la tarde festiva. Mientras pasamos por una macro discoteca, antes famosa (y tal vez ahora), uno piensa que vamos por la misma ruta que hizo el Lazarillo camino a la Corte.

El Adagio de Albinoni nos lleva a la carretera de Extremadura, en Maqueda. Allí el Lazarillo sirvió a un cura que se las hizo pasar aún más canutas que el ciego. La auto ruta va llena. Las gentes regresan a sus casas después del fin de semana. El sol de frente, a la altura de la vista molesta. El disco salta y emite sonidos extraños, se conoce que está roto, que se le han arrancado las notas de la superficie plástica de tanto ponerlo. El paisaje cambia, pasa al verde de los prados y los eucaliptos.

La Barcarola de los Cuentos de Hoffman, nos sirve de sintonía mientras recorremos las calles de Talavera hasta llegar a nuestro destino. Tras descargar las cosas regresamos a Tomelloso. Suena el Ave Verum Corpus.

Nuestra hija Mari Carmen se queda hasta las navidades.

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