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“Las emociones son como caballos salvajes”, Paulo Coehlo.

Escribía la pasada semana sobre el mundo de los sentimientos; hoy lo hago también sobre el de las emociones. Se tratan de dos palabras que expresan los movimientos afectivos que se dan en nuestro interior y que sin embargo y curiosamente no aparecen como términos sinónimos en el diccionario, aunque por su parecido significado las confundamos con mucha frecuencia en nuestro lenguaje cotidiano.

Resulta difícil, así a bote pronto, distinguir entre sentimientos y emociones; y no porque apelemos a ellas con frecuencia de manera bastante común, que normalmente cuando nos expresamos no nos vemos obligados a afinar tanto como para definir académicamente cada extremo, en este caso aquello que nos conmueve íntimamente; al fin y al cabo ambas hacen referencia a nuestra afectividad, a nuestra capacidad de repeler o empatizar con situaciones, acontecimientos o personas. Pero es cierto que si las analizamos existen bastantes diferencias entre ambas porque responden a unas sensaciones con orígenes, espacios y consecuencias diferentes.

Los sentimientos son sensaciones que nacen como una fuerza en nuestro interior hacia algo o alguien y que suelen permanecer prisioneras en nuestro corazón por bastante tiempo, dependiendo en gran parte de nuestra forma de ser.

Las emociones sin embargo son siempre aceptaciones al reclamo que desde el exterior algo o alguien también nos ofrece, las respuestas apasionadas a esas realidades cósicas o personales que nos envuelven, (ya sean artísticas, estéticas, religiosas, creativas, humanitarias o de mero comportamiento), que hacen estremecernos, vibrar, que nos alteran y encandilan. Nadie tiene emociones de alegría, llanto o éxtasis si no contempla, si no percibe la presencia de ese algo o alguien que le conmueve.

Las emociones fuertes llegan a desestabilizar nuestro siquismo, mientras que los sentimientos hacen lo propio con el comportamiento, por eso estos últimos pueden llegar a controlarse en alguna medida con más facilidad que las primeras.

Las emociones además son más fugaces que los sentimientos porque no llegan a permanecer en el corazón por mucho tiempo que de lo contrario éste estallaría o infartaría; penetran en él como un alfiler para salir al momento e instalarse en el estado de ánimo; por ello suelen disiparse cuando el reclamo desaparece, o el estado de ánimo cambia.

Los sentimientos y emociones son a modo de los componentes líquidos y gaseosos de nuestras afectividades. Los primeros siempre abarcan los mismos espacios aunque cambien de forma y dependen mucho de nuestra visceralidad; las emociones sin embargo tienen más de altruismo y son tan imprevisibles e indeterminadas que pueden llegar a envolvernos por completo.

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