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Hace tres años, tuve un accidente en la M-40. Era un día lluvioso y conducía por el carril izquierdo. Los coches que me antecedían empezaron a frenar, por lo que yo también tuve que hacerlo. De repente, noté el impacto del coche que llevaba detrás – ¡ostras, se ha empotrado contra el mío!, pensé. A los pocos segundos, noté un segundo impacto, era el mismo coche que me acababa de dar, ahora rebotaba nuevamente contra el mío absorbiendo el impacto del coche, que a su vez, le daba a el. Y todavía, llegó un tercer impacto, ya que el siguiente coche que venía detrás también se empotró. Pero entre el segundo y tercer impacto, mi mente puso en marcha el mecanismo disociativo de la desrealización/despersonalización. El tiempo adquirió una dimensión diferente, lo que fueron apenas unos segundos me parecieron largos minutos, lo primero que pensé fue –bueno, levanta el pié del freno y por el punto muerto por si llega algún otro coche (como así fue), -cuando sea posible, apaga el motor, no vaya a explotar, –tranquila, pronto llegará el personal de carretera para atender esta situación, -en cuanto puedas, baja del coche, pero antes apaga la música (-por cierto, la canción que suena es antiquísima). No sé por qué, también me dio tiempo a pensar que el cenicero estaba demasiado sucio, pero lo más curioso de todo es que pude pensar sobre éste pensamiento (metacognición) –pero, ¿se puede saber por qué estoy pensando en esto, si es una tontería que poco importa ahora? me dije”.

Finalmente, la situación se resolvió con una parte de lesiones amistoso y un dolor tremendo de cervicales que por suerte, fue remitiendo con los días.

El flujo de consciencia de cualquier persona se compone de diversos contenidos mentales: emociones, recuerdos, ideas, conclusiones, imágenes, percepciones, sensaciones, deseos, frustraciones, etc. y también de experiencias disociativas normativas. Una de sus formas, se caracteriza por la concentración intensa del foco (estrechamiento del foco de atención) de forma similar a lo que ocurre en las estados hipnóticos. Algunos ejemplos de episodios disociativos no patológicos son; verse totalmente abstraído en la lectura, en una película o contemplando una obra de arte hasta perder la noción del tiempo, fantasear y soñar despierto, desconectarse de las emociones ante acontecimientos estresantes como la pérdida de un ser querido o mientras se está resolviendo un divorcio (duelo aplazado), conducir hasta casa por el camino de siempre, automáticamente, hasta perder la conciencia del transcurso del viaje, tener la mente en “otro sitio” mientras se están realizando trabajos que requieren muy pocos recursos atencionales, emular una conversación con alguien y hablar en voz alta (en caso del niños, tener amigos imaginarios), pensar con gran eficacia y frialdad en momentos críticos, etc.

Algunos profesionales necesitan, casi de forma imprescindible, algún grado de disociación para poder realizar su trabajo. Así, el psicólogo clínico que mientras atiende sus pacientes (escuchando, a veces, testimonios realmente duros) ha de colocarse ese “paraguas emocional” para poder alcanzar la distancia necesaria y ayudar, o el bombero necesita desconectarse, en gran medida, del miedo para ser capaz de introducirse entre las llamas y salvar a personas. También los profesionales del Samur, por ejemplo, que atiende accidentes de carretera han de aislar la emoción de tristeza ante las personas gravemente heridas o fallecidas que se encuentra tras el siniestro para poder concentrarse y gestionar la situación. A continuación, presento el testimonio directo de una chica que había superado su fobia a las agujas mientras realizaba un voluntariado en Protección Civil de Madrid.:

“Desde que tengo memoria, he padecido fobia a las agujas y a la sangre. Mi madre dice que se originó cuando tenía año y medio, mientras era testigo de un aborto que sufrió ella. Estábamos en el portal de casa y repentinamente, todo se llenó de sangre a nuestro alrededor; yo no lloré, ni grité, no tuve ninguna respuesta que demostrara que aquello me afectó negativamente. Actualmente, no tengo mucho recuerdo de ese episodio. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que me encontraba en lugares donde había sangre, como en la carnicería o en el médico, me ponía histérica y lloraba muchísimo. Esa fobia me ha causado dificultades a lo largo de mi vida, en situaciones tan cotidianas como ponerme una vacuna o hacerme análisis de sangre. Intentaba evitarlas hasta que se convertían en ineludibles y no me quedaba más alternativa que enfrentarme a ellas. Cuando lo hacía, alcanzaba un nivel de ansiedad tan alto que me desmayaba en cuanto notaba la aguja en mi brazo.

En un punto de mi trayectoria académica, sentí una gran vocación hacia la criminología y la resolución de casos. Ello requiere ver cuerpos sin vida, sangre, miembros amputados, etc., por lo que entendí que debía superar mi fobia. Como un medio de aproximación a todos los estímulos que me producían tanta ansiedad, con veintidós años me convertí en voluntaria de Protección Civil y realicé los cursos de formación que exigían. A los pocos meses ya estaba subida en una ambulancia.

Sorprendentemente, cuando tuve mis primeros pacientes graves, mantuve el control mientras los atendía pese a ver su sangre o necesitar usar agujas.

Actualmente, cuando me subo a la ambulancia y debo socorrer a personas, tengo cierta sensación de irrealidad. Algunos compañeros lo llaman adrenalina, pero yo no creo que la adrenalina sea la única responsable de esa sensación de irrealidad. Trabajar en la ambulancia y saber que tienes que resolver situaciones de urgencia donde hay personas que dependen de ti, me predispone para alcanzar una concentración máxima, para funcionar con eficacia, para tomar decisión inteligentes, rápidas y poder salvar vidas. En esos momentos, aparco mis propias emociones, no puedo entrar en contacto con ellas porque si lo hiciera me desmayaría al ver sangre, heridas, vísceras o agujas, por ejemplo. Es una sensación extraña, como si yo no estuviera allí (aunque siempre sé que físicamente estoy). Estoy perfectamente preparada para afrontar estas situaciones, conozco lo que tengo que hacer y lo hago.

De la misma manera, cuando estoy en presencia de un cadáver, con independencia de su estado, tengo esa misma sensación de irrealidad, que me ancla a permanecer ahí para poder trabajar. Me motiva pensar, que antes de ese cuerpo inerte existía una persona con vida y un entorno que le rodeaba, lleno de personas que merecen saber en qué circunstancias ha fallecido su ser querido. Mientras trabajo, no me da tiempo a pensar en mis propios miedos, emociones o sentimientos; me concentro en el “del aquí y ahora”, dirijo mi mente al presente más inmediato que se corresponde con mi labor profesional.

Sin embargo, a nivel personal, en mi vida cotidiana no he superado la fobia a la sangre y las agujas, sigo alcanzando un nivel elevadísimo de ansiedad cuando tengo que hacerme un análisis de sangre, aunque ya no me pongo tan nerviosa si tienen que vacunarme. De forma recurrente me comentan lo curioso de la situación, ¿cómo es posible que tenga respuestas tan antagónicas ante los mismos estímulos (sangre, agujas, heridas, etc.) dependiendo del momento en que los afronte?”. 

Las duras y estresantes experiencias laborales que muchas veces viven algunos profesionales requieren de un tiempo para ser posteriormente procesadas. Cada técnico tiene sus propios mecanismos psicológicos para conseguirlo y de este modo, ir encajándolas dentro de una “biografía profesional” coherente y ordenada. Pero en ocasiones, éste tiempo y espacio para el procesamiento no se puede dar, generalmente por una excesiva demanda laboral y es entonces cuando el sistema mental se satura y empiezan a surgir los síntomas de ansiedad (angustia, ansiedad, sensación de estar reviviendo la experiencia, irritación, insomnio, flashbacks, etc.)

Todos recordamos la crudeza del atentado terrorista que sufrió Madrid el 11 de Marzo de 2004 y los comentarios de muchos profesionales y voluntarios que asistieron a las víctimas; pese a encontrarse perfectamente preparados y cualificados para desempeñar sus profesiones, como llevaban años haciendo, en general, reconocían haberse visto sobrepasados por la magnitud de la situación, por la gran demanda de trabajo que les llevó a exceder sus horas de jornada laboral, etc.

Aquí recojo un fragmento del testimonio de Alberto Fernández Liria: Jefe del Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Príncipe de Asturias. Alcalá de Henares. Coordinador de Salud Mental del Área 3, publicado en MEDICAL ECONOMICS | Edición Española | 11 de marzo de 2005.

“Para nosotros la atención psicológica en relación al 11-M fue una experiencia muy dura. Escuchar aquellas experiencias podía degenerar en traumatización terciaria, a través del contacto cercano con el dolor, a través del relato y de la impotencia de no poder solucionarlo”. 

Después de este breve artículo, podemos entender que las experiencias disociativas normativas (no patológicas) son frecuentes en la vida cotidiana de prácticamente todas las personas y no afectan al funcionamiento general de una persona, sino que están integradas en el mismo.

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