¡Ostras! qué bueno. ¿Te acuerdas de mí? —dijo con evidente contento alguien que me conoció al verme—.

—Cómo no me voy a acordar del doctor A -respondí al reconocerle y darnos un abrazo-. Personas tan especiales como tú, difícilmente se olvidan.  Y menos aún por lo embarazoso del momento en que nos conocimos algo mejor.

—Es verdad que la situación era harto difícil, cuando menos para mí. De ahí que lo de “persona especial” lo dirás por lo que costó convencerme para que aceptase la intervención quirúrgica como única solución a mi problema de cáncer de laringe ¿O es la “guerra” que te di en la escuela, durante el periodo de rehabilitación del habla? Que por cierto —continuó diciendo— aún no se si me he disculpado por el trabajo que te diese hasta hacerme ver que nuestro amigo y compañero del alma, el malogrado doctor B (q. e. p. d.), tenía razón. Así como la infinita paciencia que ambos tuvisteis conmigo.

Por si no hice en su día, sepas que os estaré infinita y eternamente agradecido.

—Va, que no es para tanto, no exageres.  Sabes muy bien que mi compromiso y su interés profesional eran intentar ayudarte a vencer tus miedos en una situación que los dos la sabíamos superable, si hacíamos —claro— el esfuerzo común necesario y no cedíamos hasta conseguirlo.

Quizás que para “cantar victoria”, al tratarse de un paciente que a la vez era médico, es probable que lo creyésemos un caso especial.  El cirujano que le iba a operar ya me advirtió de que se trataba de un paciente especialmente de carácter negativo, contumaz y muy cabezota, a quién le horrorizaba quedarse aunque fuese temporalmente sin voz.

De ahí que me pidiera visitarle en la habitación donde le encontraría y fuese dispuesto a responder a las preguntas que me haría, ya que entendía que el único que podía convencerle era yo. Estoy seguro -me decía- de que a tí te escuchará y al ver cómo te desenvuelves con tu otra voz, sin laringe, aceptará de mejor gana ser intervenido. Así que, como sabía de mi participación en el servicio ORL, mi presencia no le sorprendió lo más mínimo.

—Hola, buenos días -saludé al entrar en la habitación en que estaba acompañado de quién dijo ser su esposa-.  Vengo por indicación del doctor B por si pudiese serles útil en algo.

—Buenos días, señor C y muchas gracias por la visita —se anticipó la mujer—.  Sabíamos que vendría usted esta mañana porque el doctor ya nos lo había dicho.  Mi marido -continuó ella- en casa nos había hablado de usted.  Y ahora, después de verle, estamos convencidos de que su amable visita nos ha favorecido a los dos. Gracias otra vez.

Meses después de operarse y con su nueva voz se reincorporó a su Servicio, el de su especialidad,  y estuvo trabajando hasta jubilarse por edad.

Desde este grato encuentro no hemos vuelto a vernos.

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