carranaca

Hubo una vez, a lo mejor hace muchos años, muchísimos, tantos como tiene la hermana Visita que es la más vieja del pueblo, un andarín irlandés, ciego y bebedor, que se llamaba don James.

Don James, que tal vez no fuese irlandés ni se llamase así, era perito en sabidurías antiguas: entendía del tiempo, descifraba el lenguaje de los pájaros, sabía la oración del mal de ojo en gaélico, tocaba la guitarra y hablaba español. No llevaba lazarillo y distinguía la parte del día por el olor: las mañanas, el ángelus, la hora de la siesta y la puesta del sol. También notaba la fase de la luna por la forma en que le bullía la cicatriz de un cantazo, que según contaba, le arreó un orangista en sus verdes y dulces años de niñez y visión en la isla esmeralda.

Don James vino a Santiago, a ver al Apóstol. Estuvo algún tiempo cantando coplas en la Puerta Santa de la catedral compostelana («Si por cantar me pagaran/ había de cantar bien/ pero como no me pagan/ cantaré con desdén»). Vivía bien entonces: los peregrinos eran generosos, los mesoneros piadosos y la lluvia confortable. En aquella época compró la guitarra, hecha por Santos Hernández en Madrid, a un gitano que estaba a la cuarta pregunta.

Cuando el reuma lo tuvo en un ay, buscó climas más secos y fue bajando a la meseta con el olor como guía y la cicatriz del cantazo como sextante. Don James fumaba en pipa y se cubría la cabeza con un canotier que comprase en The Old Green Hat Shop de Dublín; en la parte de atrás llevaba el ala roída por los ratones, se conoce que les gusta la paja de centeno. Lo sujetaba con un barboquejo que en Medina de Rioseco le tejieron con lana unas piadosas ancianas, que hacían crochet en la puerta de la calle y que se compadecieron del ciego, al que el solano tiraba la montera cada dos pasos.

Don James se encontró en una posada de Medina del Campo (dónde el jueves es domingo) a un buhonero parlanchín y con olor a resignación. El semblante también lo tenía sumiso.

—Aquí no saca uno ni para pelarse. Me vuelvo a mi pueblo.

—¿De dónde es usted?

—De Tomelloso, en la Mancha. Véngase conmigo y haremos el viaje juntos. Estará bien allí, es un pueblo acogedor y todo el mundo tiene sitio.

—Pues no se hable más.

Tras dos semanas de marcha, don James y su acompañante llegaron a medianoche, justo cuando daba la hora el reloj de la torre. El quincallero dejó al irlandés en la posada del Sol, pues el ventero era familia suya. Un cuarto abuhardillado, un lavabo de madera pintada de verde, palangana blanca y la cama sin hacer. Diez reales por adelantado. Don James durmió catorce horas del tirón. Lo despertó su amigo y le enseñó todos los locales donde pudiese tocar y sacar algún durillo, bares, tabernas y casas de mala vida.

Como en esta tierra del Señor somos muy dados a poner motes, en el primer bar al que pasó con el quincallero, el Medina, en la calle de la Feria, en el único edificio modernista de Tomelloso, le enhebraron «Carrañaca» y esa gracia le duro hasta su muerte. A los pocos meses de su llegada estaba completamente instalado, viviendo en una casa de alquiler cerca de la plaza y a pleno rendimiento laboral.

En los bares, tabernas y casas de alterne (La del Ciego, Villa Pepita y los Jardines de Bolonia) cantaba mazurcas, pasodobles y valses acompañado con la guitarra, a tanto la pieza. Por la calle cantaba romances de cordel («En la cañá de Guartuna/ ¿no saben lo que pasó?/ que un novio mató a su novia/ sin motivo ni razón./ Antonio se llamaba él/ y celoso por demás,/ y ella se llamaba Lola/ y era de guapa sin par…»), pasando después el canotier. Don James, bueno, Carrañaca tenía que competir con los voceadores callejeros y cantantes locales, pero sin mala sangre y con afecto, que aquellos eran tiempos fraternales.

De los que andaban por la calle el más nombrado era Triguero que se paseaba calle la Feria arriba y abajo empujando una carretilla, recitando coplas y versos. «Ya que el muchacho se empeña / en que cante una coplilla / bastante trabajo tengo / con llevar la carretilla».

Entre los acompañadores de juergas descollaba “El Varal”, un gitano negro como un tizón y de dos metros de alto.

A don James, vamos, a Carrañaca, lo pintó en un cuadro don Luis Quirós Arias, abogado, pintor, poeta, discípulo de don Vicente Blasco Ibáñez, dirigente de Izquierda Republicana y columnista de El Pueblo de Valencia y El Liberal de Madrid.

Don James, digo Carrañaca, se fue como llegó, sin dar un ruido, solo que esta vez montado en coche de caballos y por la calle del Campo adelante.

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